Libélulas azules (Reseña) Enrique Laso

Como las anteriores historias del detective Ethan Bush, una novela policiaca muy amena, fluida (esta particularmente con respecto a las otras). Una “lectura de descanso”, es decir, esas que uno bien puede leer plácidamente en vacaciones, o bien, posterior a un libro denso que nos ha dejado frito el cerebro. Es además una novela entretenida y con un final inesperado. Es el caso que a Ethan le quitaba el sueño y que logra recuperarlo a pesar del atroz e inesperado desenlace.

En esta tercera entrega, Ethan Bush, el psicólogo que trabaja para el FBI, y que años después (no sabemos exactamente cuántos) recuerda y narra los casos resolvió su yo de juventud, vuelve al escenario de los crímenes azules, porque siente que tiene una deuda con Patrick Nichols, el padre de la víctima del crimen original, y un asesino encarcelado por sus propios crímenes.

Bush entabló una relación casi-paternal con él durante la investigación, y no se ha podido sacar el caso (igual que el atropello de su padre) de la mente. Aunque los casos forman el entramado de las novelas, y son fascinantes de por sí, Bush es un personaje complicado, contradictorio, y es el corazón que hace que las novelas sigan latiendo. A veces arrogante e insoportable, negándose a seguir los procedimientos habituales de investigación, cerrando los ojos a la evidencia, comprometiendo casos con sus relaciones personales con sospechosos y con la prensa, también es débil, somatiza su ansiedad, pierde los papeles, y le asusta enfrentarse a la verdad sobre las personas a las que idealiza, y especialmente sobre sí mismo.

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